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Helen
y Anne creyeron que podían lograr la meta que se habían propuesto. En 1890,
después de muchos sacrificios, Helen aprendió a hablar y comenzó a descubrir
grandes verdades: «Las mejores cosas de este mundo, y las más hermosas, no
pueden ser vistas ni tocadas, sino que se perciben en el corazón. [...]
Cualquiera puede ser feliz, sea cual sea su suerte, si posee una fe firme y
razonable».
Después
de diez años de muchos sacrificios, en 1904, se convirtió en la primera persona
ciega y sorda que obtuvo el título de licenciada en artes, con la máxima
calificación. En 1905 se casó. Aprendió varias lenguas clásicas y modernas. Y
siguió dedicando su vida a cumplir la misión que Dios le había encomendado:
«Dios nos ha dado una tarea a cada uno, que podemos hacer mejor que nadie
más. Tenemos que descubrir cuál es esa tarea y cómo podemos hacerla lo mejor
posible».
Su
gran fe la llevó a descubrir la verdadera felicidad y a dedicar su vida a
ayudar a los demás, especialmente a los más necesitados.
Se
convirtió en una gran defensora de los derechos de las mujeres. Trabajó en
la Comisión de Ciegos de Massachusetts. Dio conferencias por todo el mundo
para apoyar a los disminuidos físicos. Al acabar la Segunda Guerra Mundial,
ayudó a los soldados ciegos, sordos y minusválidos. Y escribió varios libros
para contar su fe cristiana, su experiencia, y para ayudar a las personas con
discapacidades físicas.
Por su capacidad de superación y sacrificio
por los demás, se convirtió en un gran ejemplo en el mundo. Se realizaron
películas sobre su vida: Lo inconquistable (1954) y El milagro de Ana
Sullivan (1962), que
fue galardonada con un Oscar. El 1 de junio de 1968 falleció mientras dormía.
A su funeral, en la catedral de Washington, asistieron más de 1200 personas.
(Helen Keller: Amar esta vida.
ALIANZA EDITORIAL
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